A veces, sin aviso y de forma casi urgente, un verso me florece en la oscuridad de la boca. 

La escritura siempre empieza con un secreto.

Sobre la poesía


A veces pienso:

¿Será que la poesía tiene más que ver con el poder que con el arte? ¿Será que lo que quiere es confundir?

Desafiar la continuidad de las cosas quebrando secuencias,

¿construir una nueva que conjugue los caprichos de la lengua y la cabeza? Lo más mundano, lo más banal, lo ridículo, adquiere de pronto cualidades exóticas. Porque para justificarse no necesita más que la etiqueta y la voluntad encaprichada de un degustador de palabrerías.


Mire usted qué sencillo si me decidiera yo, decidida como soy, a buscar dos palabras arbitrarias con alguna r suculenta o una s húmeda y escurridiza. Diría: “Renacuajo viscoso.

Rascacielos corpulentos que con las alturas de sus paredes vidriadas me han provocado ya comezón en la garganta”.

Diría yo que los vellos delgados de la espalda amada se han esparcido

Susurrando atrocidades, señalando nuevos senderos como ramas largas e infinitas que le alfombran los muslos tiesos y los costados de la cara y se alumbran con el sol del mediodía.

Le pondría al sexo una cara ancha y rectangular, enrojecida, sudada y con los ojos de vidrio ámbar supurando de excesos y secretos.

Y en el medio de todas las s y las r que tan sabrosas resultan al paladar, entrenado en la exquisitez de las cosas sin motivo, no podría usted percibir en todo ese circo al animalito desagradable, nocturno y grasoso, a los edificios que tapan la vista y amontonan a la gente en cubículos y ascensores y a los muslos peludos de la amante gorda y temporal.

Le podría hablar de porquerías y usted quedaría fascinado por la elegancia.

Así es como funciona, la poesía digo,

Y lo más entretenido de lo subjetivo es que aquí todos tenemos voz y todos tenemos voto.

Y como a mi me gustan las multitudes, me uno a ustedes a hacer poesía. O escribirla o engendrarla. Lo que mejor satisfaga sus ansias de innovación.

Aquí puedo hacer lo que quiera. Dictadora de un lenguaje. Filosofa de los sonidos fascinantes de la palabra chancleta.

Guía excelentísima de los viajes que emprende la lengua en la jaula bucal. Degustadora de arbitrariedades y confusiones. Creadora de distracción y destruc ción. Porque La poesía es ridícula, Y aquí, finalmente, podré dejarme de rodeos y ser ridícula yo también.