A veces, sin aviso y de forma casi urgente, un verso me florece en la oscuridad de la boca. 

La escritura siempre empieza con un secreto.

Shibuya

Actualizado: 12 de sep de 2018




Estaba sentado en una de las mesas apretadas afuera de una café en Shibuya. Me acuerdo que era viernes y que todavía el calor del verano supuraba en las calles de Tokyo, dejándonos a todos cansados y pegajosos.


Nosotros habíamos agarrado el último tren de la noche y salíamos de las bocas subterráneas de los metros para dirigirnos al lugar de la fiesta. Él, sentado y solitario, sonreía mientras tomaba una coca light y fumaba un cigarrillo (se los juro, no lo invento, yo también me pregunto por qué todas las historias me llegan con olor a tabaco). Me pareció tan curioso, tan desentonado con su entorno, que no pude evitar observarlo de más al caminar frente a él.

¿Qué hace este hombre un viernes por la noche, con este calor, sentado solo tomando una coca light, fumando y sonriendo? Y era una de esas sonrisas a las que uno aspira cuando piensa en la vejez, porque tenía algo de calma y de satisfacción, no asomaban los dientes pero era lo suficientemente marcada como para sobrevivir a la barba que la rodeaba. Seguí caminando, tal vez incluso volteé a verlo descaradamente mientras la flexibilidad de mi cuello me lo permitió y me acuerdo que pensé en García Marquez y en su cuento del avión de la bella durmiente, cuando frente a la frustración que le causaba su propia cobardía y que no le permitía hablarle a la mujer que dormía a su lado, exclamó “¡¿Por qué no nací Tauro carajo?!”. Y al parecer yo, que sí nací taurina y orgullosa, tampoco tuve la valentía para detenerme y sacarme las dudas.

Hicimos la última parada en un Family Mart unos diez metros más adelante, para que algunos se abastecieran de más alcohol y más cigarros. Yo quise prenderme uno mientras los esperaba cuando noté que no tenía encendedor, y no sé si fue el vino o la inevitable credulidad que me causa esta ciudad, pero me fui corriendo hasta el café confiando en el vago recuerdo de un encendedor sobre la mesa. Cuando llegué me di cuenta de que, como muchas cosas en mi vida, no lo había planeado bien.


Le pedí su encendedor con una naturalidad lo suficientemente forzada como para incomodar a cualquiera y él, muy amable, me prendió el cigarillo sin renunciar a la sonrisa de viejo tranquilo. Me preguntó qué donde había dejado a mis amigos y rendida ya ante la verdad de las cosas, le contesté que estaban en el Family Mart comprando cerveza. Tenía poco tiempo antes de que el grupo reanudara el camino así que decidí preguntarle, directito y sin rodeos, que cuál era su historia. “I have the best job in the world, a lovely wife that’s waiting for me at home and a two years old son, I’m as happy as I can be”, eso me contestó, tan imperturbable y decidido que parecía haber estado esperando esa pregunta toda la noche.


Después sacó de su billetera una foto de su esposa, una japonesa fulminante que habrá tenido unos veinte años menos que él (aunque con los japoneses nunca se sabe), le dije que era hermosa y él me contestó “I know”. Me contó que era profesor de inglés en una escuela secundaria aquí en Tokyo y que disfrutaba observar a la gente por la calle, le confesé que a mi también me gustaba y me contestó que tenía sentido, que justamente por eso me había acercado a hablarle. “I don’t go that far, you’re young and careless” y a mi sólo me quedó responderle con una risita ridícula. Desde el Family Mart, con el descaro que provoca el alcohol y la fiesta, mis amigos empezaron a gritar para truncar el encuentro. Antes de irme me quiso dar una tarjeta de presentación pero después de esculcar en su billetera y bolsillos, me dijo que ya no le quedaba ninguna. Anoté su correo electrónico en una nota en mi celular: cprits@gmail.com.

Nunca le escribí, las agallas me alcanzaron sólo para pedirle un encendedor y la historia de su vida. Además, ¿qué se supone que tendría que escribirle? No creo que se acuerde de mí. Sospecho que las tarjetas de presentación se le acabaron esa misma noche, ahí sentado con su coca light y sus cigarrillos mentolados, con el encendedor disponible y la sonrisa amigable. Cuántas personas más se le habrán acercado, como yo, por borrachos o crédulos o intrigados, para preguntarle qué hacía, por qué sonreía así… Queriendo averiguar, ambiciosos, cuál era el secreto de este viejo sentado afuera de un café en Shibuya.


© Emlia Guzman 2018

Barcelona, España.

  • Blanco Icono de Instagram
  • Blanco Icono Vimeo