A veces, sin aviso y de forma casi urgente, un verso me florece en la oscuridad de la boca. 

La escritura siempre empieza con un secreto.

Qué solos



Qué solos han de estar los que piensan. Los que se preguntan que hay en el fondo del mar.

Los que cuestionan los proverbios.

Los que preguntan ¿por qué si? ¿por qué no?


Los que se maravillan con un deja-vú. Los que creen en los sueños premonitores ayunados. Los que no tienen fotografías de sus padres y no logran recordar sus rostros. Los que se preguntaron por qué cambian la piel las serpientes.

¿Cuándo lo hacen? ¿Por qué nadie las ve? Los que se obsesionaron con un color y lo ven en todos lados.

Los que no saben que habrá después de la muerte y les da miedo pensar en ella.

Los que lloran con los arboles de jacarandas desplumados,

con sus flores violetas y vibrantes en el suelo. Los que lloran también con lo azul del tiempo, mientras manejan o caminan se sorprenden, con la ciudad azul y su madrugada,

y lloran porque les gusta tanto

que se entristecen.


Qué solos han de estar los que se acuerdan de repente

que la tierra se mueve y gira redonda, en si misma.

Los que se pierden y dudan y navegan en la arbitrariedad de las cosas. Los que se marean con la inmensidad del mundo

y sienten con el universo el vértigo del infinito.