A veces, sin aviso y de forma casi urgente, un verso me florece en la oscuridad de la boca. 

La escritura siempre empieza con un secreto.

Culebra

Actualizado: 12 de sep de 2018




Un señor llegó al área de fumar del dormitorio. Habrá tenido unos sesenta años, era japonés y estaba bien vestido. Salió de atrás de la pared cubierta de enredaderas que separa a los fumadores del resto del mundo. Se prendió un cigarrillo y se sentó en una de las bancas tristes al lado del cenicero.

Nosotras, confiando en la suposición ignorante y apresurada de que un viejo japonés no entendería nuestro inglés, seguimos hablando de alguna estupidez. Habrá sido algo relacionado a nuestro deplorable estado emocional, alguna anécdota idiota de la ultima borrachera, no sé.

El viejo aprovechó el primer silencio que obliga el ritual del cigarro en la boca, nos sorprendió con un inglés impecable y una voz de académico retirado. Utilizó el comodín del clima y comentó que había viajado desde Kioto esa misma mañana, que el frío de Tokyo lo había agarrado desprevenido. Después quiso saber de donde éramos, le dije que era argentina pero que vivía en México. Me preguntó si en México había muchas serpientes, le contesté que sí, que seguramente hay más serpientes que en Tokyo.

Me dijo que en Tokyo la gente no tiene que preocuparse por serpientes, que nadie tiene pesadillas con alguna víbora gorda y oscura merodeando la isla de la cama por las noches… que aquí la gente se preocupa por otras cosas. Le iba a preguntar que con qué cosas sueñan los japoneses pero no me animé.

Antes de irse, soltó la ultima bocanada de humo mientras imitaba el silbido de una serpiente y movía los dedos como haciendo cosquillas al aire congelado. “Ssssnakes” y soltó una carcajada. Apagó el cigarrillo con la calma de un viejo o de una vida de sueños esterilizados y se despidió de nosotras agachando la cabeza como buen japonés. “See you around”, nos dijo y se fue por donde vino, sigiloso como un animal que cruza un bosque de noche, sin hacer ruido… ¿como una serpiente?