A veces, sin aviso y de forma casi urgente, un verso me florece en la oscuridad de la boca. 

La escritura siempre empieza con un secreto.

Hija

Actualizado: 7 de sep de 2018



Alguien me dijo alguna vez que a los sentimientos hay que criarlos como a un hijo. Yo lo hice, crié al amor como a una hija, como a mi primera hija.

Le cepillé el pelo y los dientes cada mañana, le enseñé a atarse los cordones, a andar en bicicleta. Nos recostamos las dos en el pasto verde de un patio que no existe y nos trenzamos el pelo mientras comíamos caramelos de miel o de frambuesa. Guardé una carcajada de mi niña en un frasco transparente que descansa todavía en un estante de mi cocina y era tan cálida, tan azucarada que el vidrio conserva todavía el pegote de su risa.

Mi hija tenía las manos pegajosas también, las tenía gorditas y cochinas, de tanto andar tocando cosas y caras, de tanto escarbar en la tierra húmeda de un jardín que no existe. Porque mi niña también juntaba bichos, mantis religiosas, hormigas, grillos, bichitos de luz; buscaba gusanos debajo de las piedras frías, arañas en los rincones oscuros de la casa. Yo nunca la regañé por ensuciarse las medias blancas y las zapatillas, nunca le reproché la tierra debajo de las uñas.

Porque el amor es un poco sucio también, el amor se parece mucho a una nena con las rodillas manchadas de pasto, despeinada, chapoteando en el agua oscura que la lluvia le heredó a un pozo en la vereda. Se parece mucho a mi hija, cuando no sabía que las arañas pican, que las zapatillas se arruinan con el barro, cuando no entendía de horarios y se rehusaba a dormir la siesta, a comer la sopa, a ir a la escuela. El amor es un poco eso al principio, un capricho.

A mi me hubiese encantado que se quedara así para siempre, caprichosa, confiada, embarrada y con las trenzas medio deshechas. Pero los hijos crecen también, les faltó decirme eso; uno piensa que se van a quedar así para siempre, pero no. Yo no se quién fue, quién de todos ustedes le enseño a mi hija a desconfiar, a arremangarse antes de meter las manos en la pileta de la cocina, a sentarse con las piernas cruzadas, a taparse la boca al bostezar. Antes podía convencerla de salir a caminar a mitad de la noche sin ninguna excusa más que la de ver la ciudad dormida, antes podía convencerla de faltar a clases solo para verte. Hace unas semanas la sorprendí tragándose el llanto cuando se quemó los dedos con la estufa, contuvo las lagrimas hasta que se le enrojeció la frente y lo único que dijo fue “Hay cosas peores en la vida”. Yo me quedé anonadada, no lo podía creer. Después me vio comiéndome las uñas mientras mirábamos una película y con un pequeño golpe me apartó la mano de la boca, “No te comas las uñas” sentenció “es signo de debilidad”. Ahora dice que se quiere ir a vivir sola, que quiere estudiar una maestría, que tenemos que reorganizar nuestras prioridades. Dice que eso de dejarlo todo por un señor de ojos dulces y lengua de brujo es una tontería, que es del siglo pasado, que eso sólo trae decepción y que lo mas inteligente es no arriesgarse demasiado. Yo no sé dónde aprendió de contaduría, de inversion, de factores de riesgo, de precaución, pero compró una agenda y nos inscribió en un gimnasio. Dice que hay que tener muchas actividades para que no creas que estamos siempre disponibles para ti y porque eso de que el amor es lo más importante en la vida es una idea comercial y masticada para que nosotras renunciemos al progreso, al crecimiento. Ella me convenció de decirte que no quería compromiso, me sentó en la cocina y por una hora me explicó con detalle por qué la monogamia en las relaciones modernas es prácticamente una sentencia de muerte, que una relación nos quitaría mucho tiempo y que todavía tenemos que escribir una novela y alcanzar el éxito antes de los treinta. Yo entre dientes me atreví a susurrar que estaba enamorada, ella se rió y me acarició la cara con una ternura casi maternal, “eso dijiste la última vez” me dijo. Es verdad. La otra noche volví a mi casa y reconocí entre mis dedos el perfume sobreviviente de tu cuello. Me quise ir a dormir con la ropa puesta porque todavía olía a ti, pero mi hija me convenció de lavarme las manos y ponerme el aroma neutro del piyama. Tal vez tenga algo de razón, la última vez que nos encariñamos con un olor ajeno no pudimos conciliar el sueño por noches enteras y ella dice que si no dormimos bien nos van a salir arrugas, que la falta de sueño afecta nuestro desempeño académico.

Ayer llovió toda la mañana y logré convencerla de quedarnos en la cama y mirar la lluvia por la ventana. “Pero a las doce nos levantamos porque hay que trabajar y hoy toca lavar la montaña de ropa negra que acumulaste en la silla del escritorio” y tiene razón, no se puede trabajar sentada en una isla de ropa sucia, los pies no tocan el suelo y leí en internet que eso no ayuda a la concentración. Después le propuse ir a chapotear un rato pero me fulminó con la mirada.“Tu nunca aprendes Emilia” me dijo “¿Que no sabes cómo cuesta quitarle el barro a las zapatillas?”.




© Emlia Guzman 2018

Barcelona, España.

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