A veces, sin aviso y de forma casi urgente, un verso me florece en la oscuridad de la boca. 

La escritura siempre empieza con un secreto.

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Soy todas las mujeres que fueron antes de mi.

Soy mi mamá y su hermana, mis abuelas y sus abuelas también. Soy mis hermanas comiendo mandarinas en un balcón soleado.

Soy las mujeres de mi familia a las que no conocí, las que emigraron y se escaparon de la guerra y tuvieron que aprender otro idioma para hacerse una vida. Cargo con sus soledades y sus sueños adolescentes, cada vez que una mujer viajó sola, a ciegas, sin saber que le esperaba del otro lado del mar, de la puerta, de la calle, cargo con eso, el miedo y la incertidumbre. Esto de escribir lo habré heredado de sus cartas y sus diarios, cada vez que escribían de sus vidas me estaban escribiendo a mi también. Tengo enrollado en los dedos, como un hilo de manta, las decepciones que le abrieron los ojos, las puertas que le cerraron en la cara, las cerraduras que tuvieron que forzar para hacerse un lugar en el mundo, en la casa, en la escuela, en la mesa. Tengo en la boca la miel de las que lo lograron.

Cargo con la silenciosa herencia del cuerpo, que de silenciosa no tiene nada, porque retumba y se manifiesta en cada esquina oscura y solitaria, donde una niña emprende el camino a casa con las llaves de la puerta dispuestas como garras entre los dedos fríos de la mano derecha. Soy todos los mensajes de “ya llegué, estoy bien”, soy todas las veces que las amigas fueron juntas al baño, las que pretendimos ser novias para escapar a la insistencia de un borracho. Soy la primera vez que te gritaron en la calle y se te metieron los gritos inmundos por debajo de la falda de colegiala, sentiste el pegote frío de la mano ajena, la mirada lasciva de un señor sentado en un bar, soy la primera vez que te diste cuenta que tu cuerpo en la calle es de la calle.


Soy la primera vez que contestaste también, cuando levantaste el magnifico dedo del medio y le escupiste al taxista, que como iba en dirección contraria no alcanzó a darse la vuelta antes de que te metieras corriendo al primer supermercado. Soy la primera vez que te dijeron zorra, puta, fácil, estúpida, gorda, inútil, tonta, y te la creíste. También soy la primera vez que te diste cuenta que era mentira.

Soy la primera vez que tu llamaste puta a otra mujer, ¿cuándo fue? Yo no me acuerdo. ¿Cuándo fue la primera vez que la llamé como a mi me han llamado otras veces? Habrá salido la palabra de mi boca como un sapo gordo y oscuro, repugnante, y se me habrá quedado viendo unos segundos antes de irse saltando lejos, antes de que tuviera el coraje de levantarme de la silla e ir por él, tragarlo otra vez, no dejar que se reproduzca, que se escape. Lo haría ahora si pudiera. También soy la primera vez que decidiste dejar de escupir sapos a otras mujeres. Soy la primera vez que te diste cuenta que halagarlas se siente mejor que tirarlas abajo.


Cargo con todas las veces que te dijeron que cierres las piernas, que te bajes la falda, que te la subas, te la quites. La primera vez que sentiste que le debías un beso al imbécil de turno, la primera vez que hiciste algo que no querías, cuando cambiaste de idea y te lo reprocharon. Soy la primera vez que te subestimaste, que creíste que algo era demasiado grande, demasiado pesado, demasiado fuerte para ti. Soy las otras mujeres que te dijeron que eso era mentira, que te hicieron creer que podías lograrlo todo, que se abrieron como un durazno maduro y te mostraron su interior de espejo y en ellas se reflejaron todas las mismas miserias que tenias en la boca y te diste cuenta que compartías con ella algo más, más grande, más profundo, tan viejo, tan conocido. Cada vez que recurriste a la sabiduría de una madre, de una tía, de una abuela, de una poeta, soy la primera vez que leíste algo escrito por otra mujer y te reconociste como nunca lo habías hecho antes. Soy la primera vez que te dijeron que exagerabas, que no es para tanto. La primera vez que invalidaron tu llanto o tu inquietud y la atribuyeron a la biología. Soy la primera vez que te dijeron que eras especial porque no eras como “las demás” y tragaste el cumplido agridulce, el triunfo, el premio por haber ganado un concurso siniestro del que no te sabías partícipe.


Soy un poco esta mujer también, que está sentada a dos mesas de la mía, en este café barato y de mal gusto. Comparte un plato de pasta con un hombre que me da la espalda, pero lo veo reflejado en los ojos de ella, que lo mira con la cara apoyada en una mano, ligeramente torcida, delatora. Lo espía entre cada bocado como un secreto. Fui ella también y lo seré otra vez, algún otro día, en otro café de otra ciudad, viendo a otra persona como ella lo ve a él ahora. Habrá otra mujer, como yo, que fuma sola en el baño de su casa, viendo por una ventana que tal vez incluso se parezca a la mía. Tal vez ella también se pregunte qué estarán haciendo otras mujeres, en qué habrán terminado sus rituales dominicales, tal vez sin quererlo también esté pensando en mi, como yo ahora pienso en ella. Como pienso en ti. Hay otra mujer, como yo, que no tiene tiempo de pensar en otras mujeres, el lujo de escribir y divagar sobre ellas, porque no aprendió a escribir, y nunca podrá leer esto que le escribo y enterarse de que hay otras mujeres que sienten como ella, que sufren como ella aunque en nada se parezcan nuestras miserias y nuestras pesadillas.


Hay otras mujeres que viven una vida diferente a la mía y no hay tiempo, ni dinero, ni espacio para que ellas piensen en la posibilidad de una vida distinta. Hay otras mujeres sentadas en un baño también, en una recámara prestada, en la calle, abajo de un puente, hay una niña que vendieron en Cancún, una niña que cierra los ojos y se tapa los oídos porque el hombre llegó a la casa y la mesa no estaba puesta. Hay una mujer que no puso la mesa, hay una mujer que dijo que no, hay una mujer que no alcanzó a meterse a un supermercado, hay una mujer que recibió un golpe, un balazo, un bebé, otro bebé, otro bebé, otro bebé.


Hay mujeres que no pudieron decidir su vida, que la vida las decidió a ellas, otras que se arriesgaron a decidir e irán a la cárcel, a la morgue, al cielo. Si, al cielo. Hay mujeres que sienten que su cuerpo les juega en contra y no a favor, hay una mujer en un descampado, en una bolsa, en una fosa. Hay mujeres a las que nunca les quisieron vender la metáfora barata de la rosa, porque desde pequeñas, demasiado pequeñas, hicieron de ellas todo menos ramos de flores.


Hay mujeres que no figuran en las revistas, en las películas, en las pancartas a los costados de la carretera. Hay mujeres que se mueren de hambre, de tristes, de cansadas. Hay muertas, muchas muertas, demasiado muertas para aparecer en las tarjetas de “Feliz día de la mujer”, porque no fueron felices y sólo fueron mujeres. Nada más. Es “Feliz día de la mujer” Emilia, no “Día de la mujer feliz”, porque a eso habría que invertirle mucho más que a una cena, un ramo de rosas, una sesión de spa.


Llámenlo como quieran, hagan de esto lo que se les antoje. Niéguenlo, desmiéntanlo, achíquenlo, ya vimos lo bien que nos funciona. Esto no es para convencer a nadie, esto es para ti que tienes el privilegio de la lectura y del tiempo, si esto te llega y te toca entonces te pido que lo guardes como un tesoro, en el bolsillo, en la cartera, en la boca, en el puño. Yo desde aquí te siento como si te tuviera de la mano. Soy todas tus primeras veces, así como tu eres las mías y así como, aunque no lo quieras, aunque no lo sepas, eres un poco todas las mujeres del mundo. Y esa es nuestra carga, nuestra herencia, nuestra bendición. Esperanza.

Ser una y ser todas al mismo tiempo, sabernos solas y acompañadas, siempre y para siempre.